Intentaron arrebatarme todo cuanto era mío, crearon la leyenda de mi locura y me encerraron durante 46 años.

Soy Juana de Castilla, aunque seguro que has oído hablar de mi como “Juana la loca”, nací en 1479 y hoy quiero que conozcas mi verdadera historia.

Fui la primera reina de España, la reina de los reinos más importantes del mundo en aquel tiempo, pero los tres hombres que manejaron mi vida, mi marido Felipe el Hermoso, mi padre Fernando el Católico y mi hijo el Emperador Carlos V, no me permitirían reinar jamás.

¿Cuántas veces te han dicho que estás loca simplemente por decir lo que piensas o por expresar lo que sientes? Conmigo lo hicieron, me intentaron anular como persona y me negaron todo cuanto me correspondía como legítima reina.

Aislada en una corte extraña con tan solo 16 años, la pasión desmesurada por Felipe era lo único que daba sentido a mi vida, pero no estaba dispuesta a asumir sus constantes infidelidades. 

Mis enérgicas protestas ante tanta humillación pública contribuyeron a crearme la fama de histérica y desequilibrada.

Loca de celos… decían, por rebelarme, por no ser sumisa, por no querer asumir los despechos y los silencios de un marido narcisista, caprichoso e interesado, del que me enamoré profundamente y que me manipuló a su antojo.

Aunque fue tras la muerte de mi madre la Reina Isabel en 1504 cuando empezaría mi verdadero calvario. Me acababa de convertir en la reina de Castilla, pero mi padre tenía otros planes para mi.

Fui víctima de la lucha por el trono entre mi marido y mi padre, según ellos, yo no estaba capacitada para reinar y ellos debían hacerlo en mi nombre. Felipe ya nombrado rey junto a mí, había empezado a planear mi encierro cuando la muerte le sobrevino.

Embarazada y de luto recorrí Castilla durante años con el féretro de mi esposo para darle sepultura en Granada según sus últimos deseos.  Aquella imagen tétrica y melancólica contribuyó a aumentar la leyenda de mi trastorno mental.

“Enloquecida por la muerte de Felipe, tan loca de amor que ni muerto permitía que nadie lo tocara”, decían. Lo cierto es que mi padre en su estrategia por quitarme del medio planeaba casarme con el rey Enrique VII de Inglaterra, pero hasta que yo no enterrara a mi marido no podía volver a casarme y alargué aquel viaje todo lo que pude.

Mi padre había comenzado su exitosa campaña para tratarme de loca, encerrarme para siempre en Tordesillas y asegurarse así de que yo no pudiera reinar jamás, dejando el camino libre a su futuro heredero fruto de su matrimonio con Germana de Foix.

Jamás imaginé que mi padre tramaría aquel complot contra mí para hacerse con el poder.

Tras su muerte, me convertí también en la reina de Aragón y de Navarra, pero tan solo en los papeles, mi presunta incapacidad mental, era esencial para legitimar en el trono primero a mi padre, Fernando, y después a mi hijo, Carlos I.

Un atisbo de libertad se abrió ante mí con la rebelión de los Comuneros, esta revolución burguesa cansada de los abusos de poder por parte de mi hijo quería demostrar que mi locura había sido una conspiración para apartarme del poder.

Estas revueltas en Castilla fracasaron y mi ambicioso hijo Carlos tampoco se apiadó de mí, me mantuvo encerrada en el Palacio Real de Tordesillas bajo la vigilancia de unos carceleros que me maltrataban física y psicológicamente y no me permitían salir de mis oscuros aposentos.

Arrancaron de mi lado a Catalina, mi última hija y salvo visitas esporádicas de mis hijos, fui abandonada a mi suerte en Tordesillas, donde en la más absoluta de las soledades, y con la única luz de un candil, moriría a los 75 años.

Fui la primera reina de las coronas que conformaron la actual España, hija de reyes y madre de 6 hijos, todos ellos reyes, aunque quedé para la posteridad como Juana la Loca. 
Pero yo no estaba loca, fui maltratada en vida e injustamente tratada por la historia. No permitas que esto vuelva a suceder.

No consientas jamás que nadie te diga que estás loca 

no permitas que te ignoren, te anulen y te manipulen, 

no eres una histérica, ni una inestable, 

ni haces de todo un drama. 

No lo permitas

No dejes que nadie vuelva a llamarme Juana la Loca, Soy Juana I de Castilla. 

Yo no estoy loca, y tú tampoco.

La historia como nunca antes te la habían contado.

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