Es posible que últimamente escuches mucho hablar de mí, ya que en Madrid le han puesto mi nombre a un hospital.

Me llamo Isabel Zendal, nací en Galicia en 1771 y quiero que conozcas mi historia.

Siendo apenas una niña mi madre falleció de viruela, una de las enfermedades más mortíferas en la historia de la humanidad, que se había llevado consigo la vida de cientos de millones de personas en todo el mundo, incluidos faraones, zares y reyes. 

Conocida como el ángel de la muerte, se extendía por los cinco continentes como un reguero de pólvora, eran pocos los que sobrevivían para contarlo, la viruela era letal.

Tras trabajar en un hospital fui rectora del Orfanato de la Caridad de La Coruña, no ganaba mucho dinero, pero ayudaba a darle a los niños huérfanos y a mi propio hijo, el calor de una madre y un porvenir. 

Algunas de esas criaturas cambiarían el curso de la historia, pero eso ellos aún no lo sabían, y yo tampoco.

A finales del siglo XVIII el médico inglés Edward Jenner, observó que las campesinas que ordeñaban vacas nunca padecían la viruela, tras varios ensayos, llegó a la conclusión de que inocular el fluido de la viruela que desarrollaban las vacas en las personas era un método eficaz de prevención contra la enfermedad. 

De las vacas nacía así la primera vacuna de la historia, de ahí su nombre.

Francisco Javier Balmis, el médico personal de Carlos IV persuadió al rey, que había sufrido en su propia familia los estragos de la enfermedad, para que sufragara una expedición sanitaria internacional que llevara la vacuna de la viruela a los territorios de ultramar.

El rey de España puso todos los recursos necesarios a disposición de la expedición con el único objetivo de vacunar a cuantos se pudiera a lo largo del mundo.

¿Pero cómo transportaríamos la vacuna para que llegara en condiciones al otro lado del charco? 
La travesía iba a ser larga y a principios del siglo XIX no existían neveras que pudieran asegurar una buena conservación del fluido.

22 niños huérfanos harían la función de portadores vivos de la vacuna. Sin que su vida corriera peligro, se les inocularía el virus a dos de ellos y con el fluido de sus pústulas a otros dos y así sucesivamente haciendo de correa de transmisión para que la vacuna llegara a su destino en condiciones óptimas y poder propagar así la vacuna por el continente.

El 30 de noviembre de 1803 la corbeta Maria Pita zarpaba desde el puerto de La Coruña. A bordo, 37 personas que contribuiríamos a cambiar la historia de la humanidad, entre ellas, el médico alicantino Francisco Javier Balmis, el médico catalán José Salvany, varios enfermeros y yo,  Isabel Zendal, la única mujer de la expedición.

Comenzaba así la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, el heroico viaje que supuso un hito en la historia de la medicina. 

Al embarcarme en aquella misión épica me estaba convirtiendo en la primera enfermera de la historia en misión internacional.

Era el principio del fin de la viruela, y el inicio de las campañas de vacunación y de la cooperación sanitaria internacional.

Yo me haría cargo de que a los pequeños no les faltaran los cuidados, el amor, el apoyo y el cariño necesarios para llevar a cabo la proeza que supuso aquel viaje. 

El más pequeño de aquellos 22 angelitos tenía tres años y el más mayor, apenas nueve.
Entre esas valientes criaturas se encontraba también mi hijo. Nunca volveríamos a España, pero eso tampoco lo sabíamos aún.

Tras pasar por Canarias y Puerto Rico, al llegar a Venezuela, la expedición se dividió en dos para poder extender la vacuna con mayor rapidez. 

Los integrantes de la expedición del doctor Balmis nos dirigimos hacia Caracas, de ahí a Cuba, y más tarde a México, otros emisarios de la expedición harían llegar la vacuna hasta las actuales California y Texas.

Tras propagar la vacuna y crear las Juntas de Vacunas, Balmis zarparía desde Acapulco hacia Filipinas a través del Océano Pacífico. Allí con la ayuda de la Iglesia conseguiría vacunar a las poblaciones indígenas de las islas. 

Consciente de que solo llegando al mayor número de territorios posibles se podría acabar con la enfermedad, el médico alicantino continuó su viaje hasta la colonia portuguesa de Macao y de allí se adentró en territorio Chino hasta la provincia de Cantón.

De vuelta a España, era tal el prestigio internacional de la misión, que las autoridades británicas autorizaron a Balmis a vacunar a la población de la isla de Santa Elena. 

Tras 3 años de vuelta al mundo propagando la vacuna de la viruela, Francisco Javier Balmis fue recibido en España con honores, como el héroe que había contribuido a salvar la vida de millones de personas, y con el tiempo, la de la humanidad entera.

Pero Salvany no tendría tanta fortuna, el médico catalán nunca jamás volvió.

Tras separarse de Balmis, el cirujano de Cervera llevó la vacuna de la viruela hasta los territorios de las actuales Venezuela, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Chile. A pesar de haber perdido la visión en un ojo y encontrarse gravemente enfermo, continuó con la misión de llevar la vacuna lo más lejos posible. 

Tras 7 años y más de 18.000 km de épica misión, débil, exhausto y gravemente enfermo de malaria, difteria y tuberculosis, José Salvany moría en Cochabamba, Bolivia, a la temprana edad de 33 años, habiendo dado su vida hasta las últimas consecuencias por salvar la de los demás.

Tras acompañar a Balmis en gran parte de la expedición, permanecí, como la gran mayoría de los huérfanos españoles, en México, ejerciendo de enfermera hasta mi muerte.


Allí apreciaron tanto mi infatigable entrega a la causa sanitaria, que desde 1974 el gobierno de México concede el Premio Nacional de Enfermería Isabel Cendala Gómez en mi honor y la Escuela de Enfermería de San Martín de Texmelucan en Puebla lleva mi  nombre.

En 1980 la OMS declaró oficialmente erradicada la viruela, una de las enfermedades más mortíferas de la historia. Gracias a la vacunación había desaparecido por completo de la faz de la tierra.

Este hecho sin precedentes en la historia de la humanidad no hubiera sido posible sin los héroes que entregaron su vida por la causa más noble que pueda existir, salvar la vida de los demás.

A bordo de la corbeta Maria Pita, Francisco Javier Balmis, José Salvany e Isabel Zendal, hicimos el viaje más memorable en los anales de la historia, la epopeya que salvaría al mundo de la letal viruela.

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“Soy Isabel Zendal y con este vídeo quiero que conozcas mi historia”
El vídeo viral que ha resucitado a Isabel Zendal.