Crecí en contacto permanente con la naturaleza, frente al mar, donde aprendí a observar el paisaje como un lenguaje vivo. Esa relación temprana con el entorno marcó mi forma de estar en el mundo y de comprender los ciclos naturales.
Trabajé como guardafauna en la Península de Valdés, una experiencia de inmersión profunda en la conservación y el seguimiento de la vida silvestre en ambientes costeros de alto valor ecológico. No se trataba solo de una tarea laboral: la observación constante, el registro y la atención al entorno formaban parte de la vida cotidiana, en contacto permanente con el paisaje.
En ese momento, mi vida dio un giro decisivo. Pasé de una inmersión total en un ecosistema costero a comenzar a desplazarme por distintos territorios naturales en mi propio vehículo. Viajaba sola, de forma autónoma, lo que me permitía llegar a diferentes localidades y ambientes para compartir experiencias de educación ambiental y observación de la naturaleza.
A partir de allí, la exploración se volvió movimiento constante y el trabajo de campo se amplió a múltiples paisajes, integrando la fotografía de naturaleza, la interpretación del entorno y el intercambio con las personas de cada lugar.
En ese recorrido, y como un regalo inesperado, surgió la oportunidad de trabajar en Parque Patagonia, en Santa Cruz, dentro de un programa de educación ambiental al aire libre con niños. Fue una experiencia profundamente significativa, en un lugar que tenía pendiente conocer, y que me permitió volver a algo esencial: el juego, el aprendizaje compartido y la exploración de la naturaleza junto a las infancias.
Hoy desarrollo mi trabajo como guía naturalista en la Patagonia, acompañando experiencias de observación de aves e interpretación del paisaje, con una mirada centrada en la conexión profunda entre las personas y la naturaleza.