A primera vista, el barrio de Gràcia de Barcelona parece ser el guardián de la identidad catalana resurgente: “¡Cataluña libre!” grafitis garabateados en las calles secundarias, banderas catalanas ondeando desde tantos balcones, el sonido distintivo de la lengua catalana que se escucha en cafés y restaurantes. Pero a medida que uno explora los mercados cubiertos, las panaderías y las pequeñas bodegas de esta colorida área menos explorada, la política del día retrocede y las profundas raíces culinarias de esta cultura única aparecen a la vista.